PAULA GRANDE
Tengo una teoría: la fiabilidad de Eurovisión como escaparate de la moda europea es la misma que la del programa sobre cocina marinera del mundo que, hace algunas temporadas, emitían en algún canal temático (lo siento, no recuerdo el canal ni el nombre del cocinero). El caso es que yo lo veía a menudo, y alucinaba con las elaboradas preparaciones típicas de otras partes del mundo, hasta que el tocó el turno a España y vi como perpetraba una merluza a la gallega echándole ¡chorizo picado y pimientos de padrón!. Sí, sí, el innovador cocinillas debía pensar que el pescado, la patata y la ajada no eran suficientes, así que decidió aderezar su receta con otros ingredientes propios de la gastronomía gallega. En ese momento, me di cuenta de que posiblemente las fabulosas preparaciones representativas de la cocina escocesa, vietnamita o sudamericana que con tanta atención había visto serían igual de “transgresoras”, y el programa perdió toda su credibilidad.
Pues bien, mi impresión es que con Eurovisión pasa lo mismo. Los estilistas de los distintos países deciden dar el do de pecho, y por eso visten/disfrazan a cantantes, bailarines y cualquiera que suba al escenario con modelitos que, si se los pusieran en otro contexto, dejarían al personal con la boca abierta. Cómo, si no, se explica el maquillaje a lo mapache (sombra de ojos azul de sien a sien, puente de la nariz incluido) de la vocalista de algún país del Este (disculpad que obvie el nombre, pero es que con todas las repúblicas ex –soviéticas me armo un lío de cuidado).
Y qué decir del vestido con alas de mariposa desplegables de las tres bielorrusas.
¿Y el ruso, cantando con chaqueta de lana y bufanda, como si en vez de en una gala de televisión, estuviese en una taberna moscovita?